jueves, 22 de marzo de 2018

Call me by your name.

Fui a verla esperando una película interesante por los comentarios escuchados pero pronto me decepcioné y me llené de escepticismo al comenzar a presenciar dos horas de escenas paradisíacas con ambientación europea y una creciente tensión sexual entre dos hombres hermosos: otra película gay.

Evidentemente existe una necesidad de parte de la comunidad de verse reflejada en los medios, de visibilizarse y encontrar también historias con las que nos identifiquemos. Tenemos muchos años conviviendo con historias heterosexuales que comprendemos, sentimos y que incluso emulamos, pero uno termina por saberse ajeno a ellas. Al final hay películas en las que uno solo quiere ver eso: gays. No importa mucho de qué trata, porque siempre trata más o menos de de lo mismo: del hecho de ser gay, los problemas que conlleva y de visibilizar nuestra realidad.

Estos temas políticamente correctos suelen ser poco relevantes para mi. De cualquier forma no pude evitar sentirme conmovido por lo melosa y placentera de la película. Todo está lleno de verano, de feromonas, de duraznos, piscinas y torsos desnudos en el campo. Uno puede sentir el sudor evaporado rozando el rostro y oler el río donde pasean los mosquitos feroces. Ver esta película, siendo gay, es como masturbarse los ojos.

Esta condescendencia me incomodaba, pero fue el factor ácido el que cambió el tono de la película al final, un toque es muy sutil, no es un gran plot twist ni algo muy inesperado, pero fue un detalle que me despertó una serie de reflexiones y tocó puntos delicados.

El tema aquí es la diferencia entre vivir una vida gay y tener una orientación homosexual.

Básicamente es una familia de intelectuales que pasa el verano (o vive, nunca entendí bien), en una casa de campo en la Toscana Italiana. Un lugar abrumadoramente bello. Madre, padre y un hijo adolescente de 16-17 años con hermoso perfil griego.
Reciben unas semanas en su casa a un investigador norteamericano de unos 35 años, rubio, bronceado, extraordinariamente atractivo y con una personalidad tan arrogante que resulta irresistible, todo un canon sexual que pareciera ser la inspiración de un Ken (el de Barbie). Por supuesto, tienen una amorío y entre otros morbosos episodios del ávido despertar sexual propio de un adolescente prototípico terminan enamorándose intensamente. Finalmente, el mayor fortachón debe volver a su país de origen y el joven delicado y tierno se queda con el corazón roto de ver partir a su más grande amor. Exacto, what ever.

Aquí viene el elemento inquietante. Al final, el papá, quien no solamente sabía lo que estaba pasando (al igual que la madre), tiene una charla profunda y sincera con el hijo, en la que lo consuela, lo apoya, lo hace valorar sus propios sentimientos, su dolor, su amor y su juventud, pero en el proceso le da a entender que él también es homosexual. Como remate, seis meses después el amante ausente llama al joven para darle una noticia: se va a casar (es la década de los 80´s, por supuesto que con una mujer).

La negación heteronormada que esto evidencía, rompe la burbuja empalagosa del paraiso terrenal italiano y lo convierten en el verano más hermoso y doloroso de una vida.

¿Qué tenemos aquí?

Tenemos una realidad muy fuerte y muy difícil de ver. Esas cosas pasan, y me parece que pasan mucho más de lo que imaginamos. Pero es algo que va más allá de la negación de la homosexualidad. Es una realidad que tiene más que ver con las pautas sociales que pueden destinar nuestra vida sexual por encima de nuestra sexualidad misma.

Durante toda la película vemos claramente como tres personajes homosexuales no solamente son capaces de pasar desapercibidos como tal, sino que tienen una vida sexual activa con mujeres. No son el retrato del closetero que sufre la represión y añora la libertad, la homosexualidad es aquí algo muy circunstancial, natural e independiente del enunciamiento o no de orientaciones sexuales y etiquetas.

Al final, la sexualidad es algo tan volátil y visceral que la orientación sexual difícilmente representa un factor de poder o no poder tener sexo con cierto género, y de hecho se vuelve algo extremadamente ambiguo y relativo. La preferencia sexual al final es eso, una preferencia.

Pero ¿que pasa cuando nuestra preferencia sexual no concuerda con otras de nuestras preferencias? ¿Qué pasa cuando un homosexual se enamora de una mujer? ¿Qué pasa cuando un hombre heterosexual se enamora de otro hombre? ¿Qué pasa cuando un homosexual quiere tener una esposa? ¿Qué pasa cuando quiere tener hijos? ¿Qué pasa cuando quiere tener una familia en esta sociedad?

La opción existe. Vivir una vida heteronormada siempre es una opción. Seguir las reglas para poder jugar el juego de la felicidad como nos lo han enseñado. Es una opción.

Supongo que esto es relevante para mi porque yo sé que estas cosas pasan. Por estadística, sé que en algún lugar de mi familia pasa y sé que es algo que me pudo pasar a mi.
Y sé que ser gay también es seguir una pauta. Al final ser civilizado consiste en jugar roles en un sistema.

Lo que me parece relevante aquí es que hay un desface entre nuestra naturaleza y nuestra voluntad, y creo que esto es básicamente lo que nos hace humanos. Al final, me parece algo profundamente misterioso e insondable preguntarnos por la moralidad de lo que uno decide hacer o no con su sexualidad. Es algo que escapa al bien y el mal realmente, es profundamente, hermosamente y absolutamente privado. Es una decisión que está desvinculada del mundo. Es como el sonido del árbol que cae en medio del bosque y nadie nunca escuchó.

Creo que muchas veces ni siquiera es una decisión que uno tome. Es algo que tus deseos más profundos y subconscientes, en conjunción con una serie de variables en tu contexto te llevan a enfrentar. Simplemente te encuentras con tu destino y te encuentras tomando una decisión que no decidiste tomar.

Hay muchas ideas aquí que se me quedan flotando alrededor de la cabeza y no sé como conectar. Sentimientos o intuiciones que ni siquiera puedo reconocer claramente. Algunas son contradictorias.

Pero creo que la reflexión final aquí es que las lineas que dibuja nuestra cultura sobre lo que es una vida, la sexualidad y la felicidad son solo eso: lineas dibujadas en el piso, pero ni nosotros ni nuestra libertad ni nuestro destino están en ese plano. Nosotros caminamos y somos otra cosa.