lunes, 19 de junio de 2017

III

III

Para Huicho.





El quería en San Simón, porque le gustaba oír misa ahí y porque queda cerca de la casa: así tú me puedes ir ver o yo a ti.

Le querían hacer una en la iglesia de la campana, porque el hijo de Julio, el de la voz muy grave, canta en el coro, pero Carmen dijo que no.

La de los nueve días fue en la capilla de la Medalla, Carmen no quería, pero todas las misas de ocho se dan ahí. De esa vez, Titi dijo que el padre estaba como desangeladito, de acuerdo, más bonita le pareció la del domingo en San Simón.

Carmen, una canción entre misterios, Virgen del Carmen preciosa palma, cuando yo muera vendrás por mi alma. Es que era muy devoto, desde su primera comunión usó un escapulario que no se quitaba, aunque ya para el final se perdió en el hospital, lo bueno que apareció, siempre si, su dentadura de abajo.

Cuanto tendrá esta virgen, serán unos sesenta y cuatro, ya, ahora el seis de este cumplíamos sesenta de casados, más los cuatro que anduvimos de novios, hasta cuando le dijimos al padre que nos íbamos a casar preguntó cuánto llevábamos, cuatro, ay! pero eso ya es amasiato.

Pues en Isabel la Católica teníamos una mercería que la atendíamos Leonor, Josefa y yo. Y luego dijo que a lado había una fonda donde el iba a comer, porque trabajaba en una panadería cerca.

En ese entonces había unos dulces que se llamaban panatelas y las vendíamos en la mercería. Me da una panatela para el güero, para el güero y que para el güero, hasta que le pregunte quién era el güero, pues ese.

No le veía la cara, dice que porque cuando se pasaba enfrente iba leyendo el periódico. Unas dice que era por penoso, Carmen insistió que era porque desde siempre le había gustado leer.

Hasta qué un día me asomé y lo vi hablando de fútbol con otros y pensé que no estaba mal. Ay! como no, Carmen, otra dice, uy!, y otra, flechazo.

 Total que un día me mandaron un pan en forma de corazón, bueno, antes varios ramitos de flores que vendía una señora en la esquina de Isabel y 20 de noviembre.

 Cuando mandaron el pan preguntó de parte de quién y le dijeron que del güero. Como no sabía bien cual güero pues le pregunté a Adolfo, el hermano que era igualito pero con ojos azules en lugar de verdes, y dijo que el no fue, luego ya me di cuenta que había sido Luis.

domingo, 4 de junio de 2017

II

II


Mamita vivía en un edificio en el centro, me acuerdo de la dirección, porque cuando íbamos los domingos de visita, yo le decía al taxista que nos llevara a Rep. de Perú 52 altos 2. Ese edificio lo tiraron, de hecho todavía está el hueco, quién sabe por qué ya no volvieron a construir, y mejor, porque ahí espantaban.

Pues vivían solas Mamita, una sobrina o prima del pueblo y Emma, la hermana de todos ellos, la que te conté que era muy avara, tanto que cuando íbamos, allá a República, escondía los refrescos rojos para no convidarnos, luego se le olvidaba dónde los ponía y los encontraban enlamados, por todos lados, hasta atrás de los sillones o debajo del trastero. Así de fea, fíjate, que cuando murió solo fueron tres gatos a velarla, es que nunca supo darse a querer.

El departamento no era muy grande pero era amplio, no como los de ahora de poco más de tres por tres. Entrando estaba la cocina, como un pasillito, la dejaban siempre abierta por si regresaba el gato y olía como a caldo porque hervían patitas de pollo para dárnoslas de botana. Luego ya estaba la estancia y al fondo otro pasillo que daba a los cuartos.

Roci estaba como de unos dos años, apenas empezaba a caminar y andaba de aquí para allá en el pasillo de las recámaras, como era largo podía darse vuelo. Estaban todos en la sala cuando pega un grito y sale voladísima del cuarto de hasta el fondo. Algo vio, porque después ya ni se quería acercar.

Eso pasó antes de que nos contaran toda la historia, de haber sabido no hubieran obligado a la pobre a volver a la recámara para que se curara de espanto.

Ya ni se acuerda que año era, ni porqué andaba por ahí tan noche, se le hace que andaba jugando dominó con sus amigos de Luz y Fuerza. Como le quedaba cerca la casa de su mamá se fue a quedar, porque en ese entonces no estaba tan fácil volver desde el centro. Le dieron el cuartito del fondo, que estaba ocupando la sobrina o prima del pueblo, y una cobija limpia. Se acuerda muy bien que se acostó y apagó la luz, no había pasado un minuto cuando clarito sintió unas manos en su cuello, ni tiempo de reaccionar y ya lo estaban ahorcando. Por pura suerte –dijo-  iba pasando mi hermana y oyó que me asfixiaba, rápido que prende la luz y que me sueltan.

No había nadie con él, y ni así hubieran podido acusarle de borracho o mentiroso, porque la prueba la tenía en las dos marcas amoratadas de manos de calaca en su pescuezo.

Ni la evidencia, ni los testimonios bastaron para darle crédito. Cada uno de los hermanos y primos quisieron jugarle al valiente, acostarse en esa cama, apagar la luz y que le estamparan las manos huesudas, y así fue.

Algunas de las primas o esposas también quisieron ver que se sentía, pero a ninguna les tocaron ni un pelo. Dijeron que, a pesar de todo, Mamita nunca creyó, y tampoco se admitió ninguna explicación como oficial.

En 1988 se demolió el edificio, todos agarraron el periódico esperando leer que el terreno solía ser un panteón o que se descubrieron cadáveres de viudas o de criaturas sin bautizar, pero lo único que se encontró fueron montones de ollas emparedadas repletas de purito oro.