domingo, 4 de junio de 2017

II

II


Mamita vivía en un edificio en el centro, me acuerdo de la dirección, porque cuando íbamos los domingos de visita, yo le decía al taxista que nos llevara a Rep. de Perú 52 altos 2. Ese edificio lo tiraron, de hecho todavía está el hueco, quién sabe por qué ya no volvieron a construir, y mejor, porque ahí espantaban.

Pues vivían solas Mamita, una sobrina o prima del pueblo y Emma, la hermana de todos ellos, la que te conté que era muy avara, tanto que cuando íbamos, allá a República, escondía los refrescos rojos para no convidarnos, luego se le olvidaba dónde los ponía y los encontraban enlamados, por todos lados, hasta atrás de los sillones o debajo del trastero. Así de fea, fíjate, que cuando murió solo fueron tres gatos a velarla, es que nunca supo darse a querer.

El departamento no era muy grande pero era amplio, no como los de ahora de poco más de tres por tres. Entrando estaba la cocina, como un pasillito, la dejaban siempre abierta por si regresaba el gato y olía como a caldo porque hervían patitas de pollo para dárnoslas de botana. Luego ya estaba la estancia y al fondo otro pasillo que daba a los cuartos.

Roci estaba como de unos dos años, apenas empezaba a caminar y andaba de aquí para allá en el pasillo de las recámaras, como era largo podía darse vuelo. Estaban todos en la sala cuando pega un grito y sale voladísima del cuarto de hasta el fondo. Algo vio, porque después ya ni se quería acercar.

Eso pasó antes de que nos contaran toda la historia, de haber sabido no hubieran obligado a la pobre a volver a la recámara para que se curara de espanto.

Ya ni se acuerda que año era, ni porqué andaba por ahí tan noche, se le hace que andaba jugando dominó con sus amigos de Luz y Fuerza. Como le quedaba cerca la casa de su mamá se fue a quedar, porque en ese entonces no estaba tan fácil volver desde el centro. Le dieron el cuartito del fondo, que estaba ocupando la sobrina o prima del pueblo, y una cobija limpia. Se acuerda muy bien que se acostó y apagó la luz, no había pasado un minuto cuando clarito sintió unas manos en su cuello, ni tiempo de reaccionar y ya lo estaban ahorcando. Por pura suerte –dijo-  iba pasando mi hermana y oyó que me asfixiaba, rápido que prende la luz y que me sueltan.

No había nadie con él, y ni así hubieran podido acusarle de borracho o mentiroso, porque la prueba la tenía en las dos marcas amoratadas de manos de calaca en su pescuezo.

Ni la evidencia, ni los testimonios bastaron para darle crédito. Cada uno de los hermanos y primos quisieron jugarle al valiente, acostarse en esa cama, apagar la luz y que le estamparan las manos huesudas, y así fue.

Algunas de las primas o esposas también quisieron ver que se sentía, pero a ninguna les tocaron ni un pelo. Dijeron que, a pesar de todo, Mamita nunca creyó, y tampoco se admitió ninguna explicación como oficial.

En 1988 se demolió el edificio, todos agarraron el periódico esperando leer que el terreno solía ser un panteón o que se descubrieron cadáveres de viudas o de criaturas sin bautizar, pero lo único que se encontró fueron montones de ollas emparedadas repletas de purito oro.


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